lunes, 11 de abril de 2011

180 años del asesinato de charrúas en Salsipuedes

XXIV

Al borde de un sepulcro florecido
transcurren dos marías llorando,
llorando a mares.

El ñandú desplumado del recuerdo
alarga su postrera pluma,
y con ella la mano negativa de Pedro
graba en un domingo de ramos
resonancias de exequias y de piedras.(...)

CÉSAR VALLEJO 



180 años del asesinato de charrúas en Salsipuedes

Por Susana Andrade Atabaque-Espacio 609


Hay mucha gente al norte del río Negro, descendientes reconocidos y culturales del Cacique Vaimaca Perú, soñando con enterrar sus restos por aquellos lares, tierra regada con sangre de sus hermanos en enfrentamientos por la independencia de la patria naciente junto al general José Artigas.


Algunos sugieren la zona que los vio morir asesinados a traición y en masa en el arroyo Salsipuedes entre Paysandú y Tacuarembó y otros se inclinan por Salto en el Arerunguá, lugar bendecido por la naturaleza donde el general brindó espacio a los charrúas en un mundo que los arrinconaba.


No están conformes con que el cacique esté en el panteón oficial del Cementerio Central, aunque para la sociedad tradicional sea políticamente correcto. Pretendida reivindicación que tal vez más ofende intentando pagar lo irreparable. ¿Quién podría pensar que a un charrúa le gustaría lo "oficial"? Sol en la cara, pecho al viento y praderas abiertas para la libertad física y espiritual esencia de nuestros primeros habitantes.




Los charrúas no eran salvajes ni eran indios; eran aborígenes y libres. Naturales del lugar que les fue robado por los colonizadores europeos, luego "molestados" por su presencia que no conocía alambrados o tranqueras en su modo de vida comunitaria de caza, pesca y recolección. Los terratenientes ilegalmente apoderados de cientos de miles de valiosísimas hectáreas de campos, amparados por los criollos vende patria, dispusieron la desaparición de los charrúas de aquellas tierras mal habidas y la encargaron al general Fructuoso Rivera; este sí, un salvaje y sanguinario "Judas" de nuestra historia; el exterminio de esa estirpe de valientes fundadores de la patria sin galones ni grados militares. El traidor, pasado al bando opresor, seguramente para salvar el pellejo, el que alentaba a dar muerte a Artigas, el fundador del partido colorado, que por esto nació deshonrado, fue el mismo que engañó a los charrúas con promesas de mejorías y los emboscó desarmados a orillas del Salsipuedes matándolos, regalando a sus familias mujeres y niñas sobrevivientes para servicios sexuales y a los muchachos como peones sin sueldo con condición de hacerles olvidar sus orígenes. Hoy intentan contarnos otras versiones y ensayan disculpas. Siempre nos quieren aniquilar el recuerdo. Rememorar es peligroso para los aprovechadores de todos los tiempos, es subversivo y también porfiado. Es que si no cultivamos la memoria, podemos permitir por omisión otros genocidios.




Dice el maestro Gonzalo Abella: "Ser charrúa en el siglo XIX no era una determinación genética: era una opción cultural. Desde siempre había raíces diversas convergentes, ahora, desde el siglo XVII, había además sangre africana y europea en las aldeas charrúas. Las comunidades charrúas no se esfumaron en el aire: coexistieron con Montevideo colonial, participaron en la gesta artiguista, sobrevivieron a la ocupación portuguesa, apoyaron a los Treinta y Tres... Fue el Estado hecho a medida de los terratenientes el que comenzó a dispersarlas. La amarga exclusión del Estado Liberal de 1830 sólo trae represión para gauchos y para charrúas. Hoy los descendientes más memoriosos de aquellas comunidades viven en el mundo rural, y conservan hábitos de vida, prácticas productivas artesanales, prácticas curativas yuyeras y valores que provienen directamente de aquella cultura. Lo mejor de la cultura charrúa, de su legado de amor a la tierra, de conocimiento del paisaje, de sabiduría ancestral, de conocimiento yuyero, de ética inclaudicable, de solidaridad humana, se transfirió al mundo gaucho. Las asociaciones nativistas tradicionalistas, en tanto herederas del espíritu gauchesco, son hijas mestizas del charrúa, son sus descendientes culturales. Sienten de a caballo, como en el siglo XIX, esa hermandad multicultural que anduvo peregrina por la tierra charrúa cuando tuvimos 'un amanecer de medialunas'. Por eso ellas tomaron la iniciativa de llevar los restos de Vaimaca Perú a donde deben estar, al Arerunguá nativo. Pero las asociaciones nativistas no tienen ninguna exclusividad. Todos los excluidos de hoy son hijos sociales de los charrúas. Y son descendientes espirituales de los charrúas todos los muchachos y las muchachas que buscan el monte nativo y el paisaje serrano para hallarse a sí mismos hallando las raíces de nuestra identidad".

Cada 11 de abril y cada vez más a manera de homenaje, grupos nativistas y gentes de todas partes acampan en Salsipuedes y ofrendan flores a las aguas donde fueron arrojados los charrúas artiguistas caídos allí en 1831. Por la dignidad de un pueblo aborigen que nos pertenece, por el rescate de nuestra cultura ancestral: adelante con esa idea de llevar a Vaimaca a su descanso en paz. "Nada podemos esperar sino de nosotros mismos". Dijo José G. Artigas, llamado en charrúa "Karai-Guazú" (Gran Cacique o Profeta).
Parábola de León Felipe


Gracias al proyecto “Antología Poética Multimedia” de Angel Puente encuentro el poema “Parábola” de León Felipe y se convierte automáticamente en uno de mis favoritos. Tengo que leer más de León Felipe…


"Más Él hablaba del templo de su cuerpo " San Juan, II:21.
"Y tomé el libro de las manos del ángel y me lo comí." Apocalipsis X: 9,10


Había un hombre que tenía una doctrina.
Una doctrina que llevaba en el pecho (junto al pecho, no dentro del pecho),
una doctrina escrita que guardaba en el bolsillo interno del chaleco.
Y la doctrina creció. Y tuvo que meterla en un arca, en un arca como la del Viejo Testamento.
Y el arca creció. Y tuvo que llevarla a una casa muy grande. Entonces nació el templo.
Y el templo creció. Y se comió al arca, al hombre y a la doctrina escrita que guardaba en el bolsillo interno del chaleco.
Luego vino otro hombre que dijo:
El que tenga una doctrina que se la coma, antes de que se la coma el templo;
que la vierta, que la disuelva en su sangre,
que la haga carne de su cuerpo…
y que su cuerpo sea
bolsillo, arca y templo.

Puede escuchar la interpretación de Paco Ibáñez de este poema en el blog de Antología Poética Multimedia.