jueves, 19 de mayo de 2011

La seriedad de los niños

La primera y la última imagen que recuerdo de Europa es la seriedad de los niños. Una tristeza honda, acusadora, que nos golpea por las calles en largas miradas responsables de criaturas que parecen contener todo el sufrimiento.

Los niños de París despiertan a un mundo de perfecciones intelectuales y lo asumen con pasmosa serenidad. Contestan con frases rotundas, con gestos exactos, respiran el arte y lo intuyen. Conmueve oír los comentarios espontáneos de un grupo de chiquilines frente a un cuadro del Louvre, oírlos cantar una canción rebosante de literatura, discutir a Picasso.

La otra mañana tuve una impresión cabal de la diferencia que existe entre nuestros nulos y los franceses. En un homenaje de pueblo, un grupo de escolares cantaba el himno a Sariniento, a todo pulmón. Las voces chillonas, impetuosas, brotaban con vitalidad de pájaro salvaje, rectas; desordenadas, inarinónicas. Los niños franceses cantan domesticadamente, con responsabilidad, todos son o pueden ser pequeòos cantores.
En un país donde el privilegio inalcría y desresponsabiliza, desde la primera edad soinos itielaticólicos, de preferencia en un jardín, y ésa es la inentira y el drenaje de nuestra vitalidad. Los nilios de Europa son trágicos, esclavos de negros corredores de ciudad, conscientes de la aineluiza y el desastre, frágiles y sinceros. Es imposible no sentirse culpable ante sus ojos acusadores. Aun desde los cochecitos, bajo el econóinico sol de los jardines de Luxemburgo, nos vigilan chupetes incrustados en enigmáticas esfinges con gorro tejido.

Quizás ignoramos que todos los niños son serios. Unos trágicos, otros inelancólicos, otros disimulados, siempre están más allá de la cárcel de tonterías en que pretendemos encerrarlos y distraerlos de la verdad. Este secreto sólo lo saben compaòeros imaginarios, hojitas de jardín arrugadas en una inano sucia, zoológicos minúsculos en cajas de zapatos, en fin, todo ese universo que puebla y desampara la soiedad de un niño.
Su seriedad es un enigma que sólo líos pide culpabilidad y ternura.


Maria Elena Walsh

La Gaceta de Tucumán, 1956

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