viernes, 16 de octubre de 2009

Guerra de la calle, guerra del alma


Persigo a la voz enemiga que me ha dictado la orden de estar triste. A veces, se me da por sentir que la alegría es un delito de alta traición, y que soy culpable del privilegio de seguir vivo y libre.
Entonces me hace bien recordar lo que dijo el cacique Huillca, en el Perú, hablando ante las ruinas:


“Aquí llegaron. Rompieron hasta las piedras. Querían hacernos desaparecer. Pero no lo han conseguido, porque estamos vivos y eso es lo principal.”


Y pienso que Huillca tenía razón. Estar vivos: una pequeña victoria. Estar vivos, o sea: capaces de alegría, a pesar de los adioses y los crímenes, para que el destierro sea el testimonio de otro país posible.
A la patria, tarea por hacer, no vamos a levantarla con ladrillos de mierda. ¿Serviríamos para algo, a la hora del regreso, si volviéramos rotos?
Requiere más coraje la ALEGRÍA que la pena. A la pena, al fin y al cabo, estamos acostumbrados.




Eduardo Galeano,
Días y noches
de amor y de guerra


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